¿Podemos permitirnos el lujo de ser sinceros con nuestro jefe en la empresa?

¿Podemos permitirnos el lujo de ser sinceros con nuestro jefe en la empresa?

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Muchos de los problemas de comunicación se deben a que tanto responsables como empleados no se hablan con sinceridad. No interesa conocer la opinión del otro, más allá de las políticas corporativas o de empresa que unos imponen y otros acatan sin rechistar. Y claro sin la mínima autocrítica interna es complicado mejorar. No todas las organizaciones son así, pero, ¿podemos permitirnos el lujo de ser sinceros con nuestro jefe en la empresa?

No hablo de una crítica tóxica, donde se descalifique o no se argumente, sino todo lo contrario. Una exposición razonada de un aspecto concreto que nosotros pensamos que se puede mejorar, y que sería bueno muchas veces no sólo para los trabajadores, sino también para la propia empresa. No todos los jefes ni todas las empresas están dispuestos a aceptar esta crítica. Ni todos los trabajadores a realizarla.

Porque la crítica implica que se señala algún aspecto que, en nuestra opinión, no se está haciendo todo lo bien que debería y esto es algo que no siempre tiene buena aceptación. Porque depende mucho del tipo de jefe que tenemos, si es una persona abierta y dispuesta a mejorar, a razonar y explicar por qué determinadas cosas se hacen de una forma o, por el contrario, son de imponer su criterio y punto.

También de otra cuestión básica como la cultura corporativa de la empresa. Hay empresas en las que se fomenta esta crítica constructiva, que se premia la iniciativa de los empleados, para tratar entre todos de mejorar. En otras empresas, en cambio un trabajador que realiza una crítica es señalado, "castigado" o sabe que su carrera profesional se ha acabado, si no acaba en despido.

Por eso muchos trabajadores optan por el silencio. Esto también genera frustración, aceptación de que sólo hay un camino y no nos queda más que ser meros ejecutores de las órdenes que recibimos, aunque pensemos que no son eficaces. Y esto al final sólo conduce al desánimo y la desidia en los trabajos. El trabajador acaba quemado y la empresa con un empleado muy poco productivo.

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Imagen | Geralt

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