¿Es la contabilidad creativa consecuencia de la propia definición de valor?

¿Es la contabilidad creativa consecuencia de la propia definición de valor?

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Hoy en la oficina estuve discutiendo con un compañero de trabajo sobre la función de la contabilidad dentro de una empresa, que debería actuar de acuerdo al principio de reflejo fiel de una compañía, no solo para que el resto de la sociedad conozcan las cuentas de la sociedad y actúen en consecuencia, sino también para que la propia empresa pueda anticiparse a los problemas financieros.

Mi respuesta fue directa: en el mismo momento que no existe ningún criterio objetivo para valorar sus activos, la empresa puede recurrir a la contabilidad creativa, mostrando unas cuentas que no se corresponden con su verdadera situación patrimonial y que puede inducir a errores cuando se tomen decisiones sobre su gestión.

El propio concepto de valor razonable se puede dar a multitud de interpretaciones. Según el Plan General de Contabilidad, es el importe por el que puede ser intercambiado un activo o liquidado un pasivo entre partes interesadas, informadas e independientes. Dicho de otro modo, el valor al cual una persona nos adquiriría un activo en nuestra empresa, siempre y cuando las dos partes no tengan vinculación real entre sí.

En la práctica, lo que viene a decir este principio es que las empresas pueden valorar sus activos de forma cuasi arbitraria puesto que, en la mayor parte de los casos, no existe un mercado organizado y líquido en el que se negocien los activos a valorar, salvo el caso de la Bolsa y de otros activos financieros que la empresa puede mantener para la venta.

Es más, incluso aunque la empresa actúe de buena fe, es muy complicado establecer la cuantía de un activo del que no se disponen de datos suficientes por no existir transacciones en la que este activo se utiliza de intercambio, provocando valoraciones arbitrarias y, en muchas ocasiones, incorrectas.

La contabilidad creativa, consecuencia de la errónea valoración de los activos, sea esta deliberada o no, ha conducido a episodios de quiebras muy conocidas por todos, como la de Enron, a inyecciones de fondos públicos en entidades como Bankia para solventar su situación o a auténticos fraudes como el de Gowex.

Aún así, lo más probable es que muchas empresas hayan utilizado la contabilidad creativa para maquillar sus cifras y, por este motivo, han acabado quebrando o en situaciones muy complicadas. No obstante, la solución no está en la regulación, sino en la existencia de verdaderas entidades independientes que auditen las cuentas de forma razonable. Vamos, una auténtica quimera en los tiempos actuales.

Imagen | Jorge Franganillo

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